miércoles, 10 de febrero de 2010

El miedo a convertirse en humano


6 de febrero de 2010:

11pm: Acabo de llegar de La toma del PAC, estoy cansada y casi afónica.
No puedo dormir. La noche se hace demasiado larga, más larga que de costumbre.
Todo San José está teñido de rojo y amarillo al igual que mi corazón… ¿Será que por fin Costa Rica cede y da una oportunidad?


7 de febrero del 2010:

8am: Me levanto con cara de momia, anoche tuve insomnio. Busco mi bolso, el que andaba ayer, y reviso la cartera: sí, ahí está mi cédula.
Hace tres años fue igual. El día antes del referendo casi ni dormí de la emoción y viajé siete horas en bus, de Guanacaste a Alajuela, para poder votar.
Hoy es distinto, estoy aquí en la liga, sin embargo el vacío en el estómago es el mismo de aquel día.
Salgo de mi cuarto y ni siquiera miro La Nación, paso de largo de la mesita donde suelo desayunar en su compañía y la de un café y un buen gallo pinto los domingos por la mañana. Hoy solo tomo café.

9am: Suena el teléfono, corro y contesto. Es Fabio Enrique.
“Mamá, mi primo dice que a su escuela llegaron erróneas, o no llegaron, las credenciales de los fiscales de mesa de los partidos minoritarios pero que, de casualidad, todas las credenciales de los fiscales de liberación venían bien”.

10am: Me meto al baño, no enciendo la luz y me ducho a oscuras. Hace mucho que hago lo mismo pues me convertí en ecologista sin darme cuenta y siempre ando apagando luces por doquier.
Suena el teléfono de nuevo, esta vez es un mensaje. Mi amiga Yeimy dice que vayamos juntas a votar. Ella llegará a mi casa en media hora.
Salgo del baño envuelta en una toalla blanca, no pienso en otra cosa más que en la hora del cierre de las urnas.
Tomo la camiseta que compré en el PAC. Ayer, a falta de una máquina de coser, la arreglé a mano. Yo misma la escogí, quería la que tiene impreso el logo de los otros dos partidos de las coaliciones.
Me pongo, orgullosa y por primera vez en la vida, la camiseta de un partido político. Al frente dice: Ottón presidente.

11am: Salgo a votar.
Yeimy dice que tenemos chance y ambas concordamos en la vida no puede ser injusta tres veces. “La tercera es la vencida”, digo yo.
Llegamos a nuestro centro de votación: la escuela Pacto del Jocote. Caminamos entre los stands de los partidos y reconocemos las caras de muchos de nuestros compañeros de primaria apoyando, cada uno, al partido de su preferencia.
La escuela está, al igual que San José anoche, teñida de rojo y amarillo. Yo levanto la frente y me recojo el pelo para que se vea que es también la banderilla del herediano la que se dibuja en mi camisa.

11:45am: Estoy parada justo frente a mi mesa de votación. Asomo la cabeza por la puerta, me esperan tres papeletas.
Entro al aula y entrego mi cédula. “Todo está en orden”, dice la fiscal y me da tres papelillos con fotos de gente que reconozco gracias a su respectiva campaña política.
No examino mucho las papeletas, yo ya sé por quien votar.
Tomo la crayola que trae pegada una calcomanía con el nombre del Tribunal Supremo de Elecciones y dibujo con ella una equis en las casillas que yo elegí tras un largo estudio de planes de gobierno, conferencias y debates políticos.
La decisión está tomada.

12md: Regreso a mi casa y miro a mi abuela que me sonríe desde lejos y, poco después, me abraza.
“Ya voté”, me dice orgullosa, porque sabe que hubo un tiempo, que ella puede recordar porque lo vivió, en que las mujeres de este país no podían elegir a sus gobernantes.
“Y tu abuelo también”, agrega.
Mi cara cambia y la sonrisa que traía se torna a mueca. “¿Y mi abuelo también?”, le pregunto.
Mi abuelo, padre de mi padre, perdió toda racionalidad sobre la faz de la tierra desde hace ya un año. El calló del techo de la casa mientras arreglaba un cable de televisión. Mi abuelo no sabe siquiera, a veces, cuál es su propio nombre.
“¿Pero cómo votó mi abuelo?”, le dije.
“La gente de liberación le hizo algo que llaman el voto asistido porque, pobrecito, como él no sabe ni donde está parado”, señaló mi abuela.
“¡¿Voto asistido?!”, exclamo yo.
“Sí, votamos los dos por Laura porque nos dijeron que si ganan Otto Guevara u Ottón Solís van a cerrar los hospitales y vos sabés que sin hospitales nosotros estamos jodidos”, dice mi abuela.
“Yo se que Arias es un corrupto y que es él quien maneja a Laura pero dígame Rosita, ¿cómo hacemos nosotros sin hospitales?, agregó.
Yo le sonreí a mi abuela porque qué más puede hacer uno ante tal situación. Ella, sin siquiera sexto grado de escuela, le creería al mundo si le dijeran que la luna es de queso y que se produjo gracias a una explosión de leche agria que hubo en el espacio.
Beso a mi abuela y entro a mi casa con esa amargura que se siente cuando uno sabe que alguien se aprovechó de la gente que se quiere y de su buena fe.
¿Qué día le dimos poder a los políticos y a quienes les hacen campaña para que se burlen de nosotros mismos?

3pm: He pasado el día entero viendo televisión. Entre canal siete, seis y trece se me pasa la tarde con una Coca-Cola light en la mano y un sándwich de jamón y queso amarillo con mayonesa.
Demasiada televisión para mi retina, mi cabeza va a estallar. Trato de leer un poco pero el dolor de cabeza me aleja de la lectura.

7pm: “Acompáñeme al cajero”, me dice mi hermana Sonia. “Nos da chance de ir y venir a la hora del primer corte del Tribunal”, señala.
Vamos al cajero automático y regresamos una hora más tarde.

8:30pm: La vida real, difiere mucho de los cuentos de hadas. El cuento llamado 7 de febrero tocó el piso a las ocho y treinta de la noche y en vez de un “y todos vivieron felices por siempre”, nos abofeteó la cara con un “y todos nos quedamos boquiabiertos”.
Mi padre callaba, Sonia y Nana con los ojos pelados incrédulas de semejante diferencia porcentual y mi mamá con aquella frase de aliento, casi consuelo, que caracteriza a las que han parido: “chiquillas, aún el país no estaba listo”.

10:30pm: La jaqueca que mata. Tomo un baño caliente y seguidamente me meto a la cama.
Me levanto de nuevo, tomo un libro de Bendetti para leer antes de dormir y lo abro en una página cualquiera.
¿Qué pasaría?, me grita Benedetti, y continúa: ¿Qué pasaría si un día despertamos dándonos cuenta de que somos mayoría? ¿Qué pasaría si de pronto una injusticia, sólo una, es repudiada por todos, todos que somos todos, no unos, no algunos, sino todos?.
Ya con sueño me rasco los ojos con las manos y pienso acerca de lo que dijo mi madre, quizá ella tiene razón.
Quizá los costarricenses aún no estamos listos para despertar un día, como diría Bendetti, dejando de ser patriotas y convertidos en humanos.

lunes, 1 de febrero de 2010